El piso de La Gallega

La Vieja GallegaPor aquellos días yo vivía en la calle Virgen de Luján, en pleno barrio de Los Remedios, Sevilla. Como estudiante que era, mi economía no daba más que para compartir piso, spaghettis y cervezas. Ni siquiera recuerdo dónde encontramos el cartel de anuncio, si pudo ser en alguna revista. El caso es que, por razones que ninguno conseguimos explicar, nos decidimos por un piso que era realmente lamentable. Puede que fuera el único que visitamos, puede que ni siquiera eso, no termino de recordarlo. Así pues, durante un año, estuvimos conviviendo con cucarachas y todo tipo de insectos que hicieron de nuestro hogar su campamento, y defendieron a capa y espada un lugar que consideraban de su propiedad.

Quizá lo único bueno que tenía el mencionado piso era la existencia de tres vecinas abajo a las que de vez en cuando nos daba por visitar. Ellas, en un alarde de educación, subieron una vez a vernos, y digo una vez porque no hubo más. En cuanto les explicamos que el mendrugo de pan que se alojaba bajo el mueble del salón llevaba tres meses de feliz coexistencia con nosotros, decidieron unilateralmente darnos carpetazo y limitarse a saludarnos en el ascensor. Y es que tuvieron que soportar una sinfonía de ‘cric-cric’ de migas de pan aplastadas mientras las acompañábamos a la puerta.

Tenía dos compañeros: Miguel y Antonio. Del primero poco hay que decir. Una persona amable, extremadamente excéntrica y con tendencias depresivas, cuya máxima obsesión eran las bicicletas y la pesca submarina, amén de afeitarse las piernas constantemente. Lo curioso es que era un tipo tan peludo que el corte del afeitado lo hacía recto horizontal a la altura de las ingles, componiendo así un auténtico bañador de vello púbico realmente desagradable de ver. Después le perdí la pista, no se muy bien que fue de él. Alguien me contó una historia truculenta relacionada con un arpón clavado en su cabeza que todavía no se si creer del todo. Completanto la heterogeneidad del grupo, Antonio era también otro tipo peculiar. Podríamos decir que si el dios Odín de Asgard tuviera un primo segundo, ese sería Antonio. Un Jevimetal de los de toda la vida, demostraba una destreza sin igual al calzarse esos pantalones pitillos que yo todavía me pregunto dónde podría comprar. Siendo la imagen del heavy tan desvirtuada, podría decir que Antonio era lo opuesto al saber popular. Era un auténtico tipo con clase. Su larga melena siempre cepillada, su barba recortada y una tendencia a echar barriga que se adelantaba a su tiempo. Le recuerdo todas las noches con el bote de Betadine, no se atrevan a preguntarme por qué. Un gran tipo al que no le guardo rencor por haber prendido fuego a la cocina un año después.

El piso en cuestión no dejaba de tener su punto. Malcocinábamos con un hornillo que podría tener veinte años. Éramos vagos a más no poder. Encendíamos el termo para hacer una sopa de sobre con el agua caliente del grifo. Nuestra alimentación dejaba mucho que desear. Ni que decir tiene que vivíamos justo encima de Telepizza, cuyas ofertas 2×1 contribuyeron alegremente al aumento de nuestra masa corporal a la altura de la chicha. Antonio, como buén alemán de nacimiento, nos acostumbró a engullir cenas a base de salchichas tamaño Rocco Sifredi que degustábamos seguidas de un yogur de medio litro sabor frutas del bosque.

Los desperfectos eran palpables por donde quiera que uno fuese. Yo no se bajo qué circunstancia llegó allí, pero en la terraza teníamos una señal de tráfico, con palo y todo, de prohibido estacionar. Mi cama no era cama en sí. Era un demonio de muy mala leche que le daba por romperse en los momentos menos apropiados dejándole a uno en el suelo con cuatro astillas clavadas en el culo. Yo siempre sospeché que dentro de su estructura se alojaban los huesos del difunto marido de la casera. Las habitaciones de mis compañeros eran todavía peores, enlozadas con una arcilla roja que dejaba los pies tan colorados que uno parecía Caballo Loco. Había además un vestidor que había realizado funciones de habitación tiempo atrás, cuya superficie era literalmente el tamaño de una cama, de tal modo que para salir de la misma había que sacar los pies por la puerta. Tuvimos el sentido común de utilizarla para guardar la bici. Convivíamos con un atasco que ya había tomado conciencia de sí mismo y había decidido aparecer en los sitios más insospechados. Cuando uno abría el grifo de la cocina salía el agua del váter. Pero a veces extrañas leyes probabilísticas determinaban que el agua debía salir por el lavabo. Por otro lado, si uno se duchaba, las burbujas avisaban de que el agua estaba saliendo por la cocina. Pero si había sonido, el agua salía por el inodoro. Y digo agua por decir algo, porque realmente era un líquido repugnante que se parecía sospechosamente al orín de mi tío Francisco. El atasco se hacía más fuerte día a día, y había desarrollado cierta inmunidad a la sosa caústica que comprábamos a granel. En resumen, era un mutante hijo de puta. Al final, armados hasta los dientes y tras una ardúa batalla, conseguimos recluirlo en una bolsa, donde se agitaba, burbujeaba y apestaba una masa negra formada a base de décadas y décadas de pelos acumulados con heces y algún pepperoni de las pizzas de abajo. Algo realmente asqueroso. Aunque para asqueroso, aquel día después de una fiesta en que al resacoso de turno le dió por fregar el suelo de la casa con la vomitona que alguien echó en el cubo de la fregona la noche anterior.

En ese piso nuestro compañero Miguelito se enamoró de la vecinita Piluca, una chica que él idolatraba pero de la que Antonio y yo sospechábamos que sabía latín. En un alarde de romanticismo, y acuciado por los dos malnacidos que éramos, le regaló un ramo de flores para pedirle una cita, que ella concedió gustosamente y a la que el anormal le dió plantón porque no podía perderse la clase de termodinámica que tenía esa tarde. Como era de esperar, no hubo disculpa que salvara dicha afrenta, más aún cuando encima suspendió el correspondiente examen.

Pero el elemento más curioso de toda la casa era su propietaria. Nuestra casera era una anciana de más de ochenta años, galllega hasta las cejas, viuda, de muy mala leche por cierto, y sobre todo la mayor fascista que he visto en mi vida. Cada vez que en casa algún mueble del siglo dieciséis se rompía bajo el peso de los años, la bastarda nos amenazaba con hacerlo pagar. Por supuesto, jamás dió su brazo a torcer en pagar nada. Pues eso, esta mujer sobrevivía los tiempos que le había tocado vivir a base de alquilar pisos. Si no recuerdo mal eran siete pisos los que tenía arrendados por toda Sevilla. Era enana y fea de cojones, una auténtica pasa que cuando se maquillaba daba horror. Una mezcla entre Cruella De Vil y el Señor Burns que nos hacía ir a su casa puntualmente a pagar en metálico el alquiler mensual.

Recuerdo aquella noche. Serían las diez y nos encaminábamos a la casa de la vieja. Antonio, yo, y un fajo de billetes del que nos desprendíamos con tristeza. Unas ganas enormes de ver a la vieja de los cojones. Tras pulsar el timbre, una sucesión de crujidos y chirridos anunció la aparición (porque realmente parecía una aparición) de la gallega.

- Sed bienvenidos a mi moradaaaa. Pasad por vuestra propia voluntad y dejad aquí parte de la felicidad que lleváis…

Y, aunque realmente no fuera eso lo que dijo, así lo interpretamos al ver a la vieja agachapada, con aspecto de conde Drácula, llevando la peluca morada literalmente al revés. Despacio, temerosos y en silencio, entramos en un vestíbulo que disparó a mil mi sistema inmunológico por los millones de ácaros acumulados en kilos y kilos de polvo que había por todas partes. Un recibidor cuyo color marrón habíase transformado en gris acumulaba el paso de los años de dos candelabros que daban auténtico pánico y que imaginé inmediatamente como instrumentos de tortura sado de la vieja. Nos topamos de frente con el cuadro (también gris ya) del difunto marido de la señora, un señor con cara de mal genio, que debía ser un cabrón de tomo y lomo, y que era de esas pinturas que le miran a uno desde cualquier posición en que se sitúe y produce un agobio del copón. Ahí estaba, vigilándonos con amenzadora mirada…

- Venid aquí - nos anunció la gallega - tengo preparado el recibo. - Sacó una estilográfica de no se sabe dónde, y escribió en una cuartilla de grecas azules, de esas que ya no existen, unos garabatos que bien podrían haber sido sánscrito que polaco, pero que ella se esforzaba en acabar con unos trazos magníficos, llenos de decorativos rococó y puntuaciones que sin duda el célebre conde de Stoker hubiera envidiado.

- ¿Y vosotros qué estudiáis? - Nos preguntó no sin cierta sorna.

- Yo estudio Matemáticas, y él es ingeniero. - Respondí lacónicamente. - Ah, ingeniero, qué bien, ingeniero. - Sentenció orgullosa de tener un ingeniero como arrendador, despreciando así la licenciatura que tanto me estaba constando obtener.

- Yo es que prefiero tener a chicos. Los chicos son mejores que las chicas, porque ellas siempre se están quejando y luego lo manchan todo, y piden que se les arreglen cosas, y planchan encima del sofá y lo queman. - Nos soltó, así como si tal cosa mientras Antonio y yo hacíamos serios esfuerzos por no salir de allí pitando.

Acto seguido la vieja nos preguntó nuestra procedencia, y Antonio tuvo la gran idea de decirle que, aún siendo de Cádiz, había nacido en Stuttgart, Alemania.

- Ah, Alemania. Qué gran país ese. A mí siempre me han gustado mucho los alemanes. Un gran pueblo. Muy trabajador. Después de las dos guerras se levantaron a base de trabajo y esfuerzo. Yo siempre fui muy amiga de los alemanes. Tras la Segunda Guerra Mundial fue un pueblo que sufrió mucho. Y Hitler. Ah, Hitler fue un gran líder. A mí me gustaba mucho Hitler. Era un hombre muy justo. Bueno, si es verdad que le hizo eso a los judíos, entonces… claro, estuvo mal. Pero yo no se si eso será verdad o no. A mí siempre me gustó mucho Hitler. - Dicho lo cual Antonio y yo, con la mayor educación posible, nos despedimos de tan amable señora pensando que al mes siguiente iba a ir a entregarle el dinero Miguel o su puta madre.

9 comentarios para “El piso de La Gallega”

  1. Pettenman Dice:

    Ay!! Qué recuerdos!! Cierto es que las condiciones de salubridad no me permitieron pisar aquel piso más de cuatro o cinco veces, pero me llevo recuerdos imborrables de aquella tarde aburridos en la terraza haciendo una competición de avioncitos de papel, y de cómo dejamos aquella placita de debajo del piso cubierta de engendros aeronáuticos.

    Y otro detalle más, el de aquel vecino solidario que a través del patinillo mostrando su más firme apoyo y adherencia a la situación con un “Que se te ha quema la cocina, carajote!”

  2. Saqman Dice:

    Jojojo, lo de la cocina, al año siguiente y en otro piso, da para un post más extenso.

    La verdad es que los recuerdos del piso de la gallega están un poco distorsionados por la mitificación a la que se sometió, pero las situaciones allí vividas fueron realmente aberrante.

    También da para un post la fiesta del año siguiente que acabó con todo el mundo sin poder coger el whiskey de la cocina porque se habían encerrado dos a follar…

  3. Sr. Peludo Dice:

    ¡¡¡Dios mío!!! ¡¡Qué pechá de reir me he dado!! Jaja.
    ¿Te acuerdas de cuando la Gallega decía lo de “el país está crispado” (era la época del famoso “Váyase, señor González”)… “yo es que escucho mucho la COPE, me gusta mucho porque es de derechas, como yo”. Jajaja. Claro, que siendo fan de Hitler, lo de que escuchar a la COPE incluso suavizaba un poco su imagen…

    Por cierto, la señal de tráfico que había en la terraza debía ser de los habitantes anteriores del piso. La Gallega estaba muy orgullosa de uno de ellos, el que debía ser el cabecilla. Lo mencionaba mucho, cada vez que íbamos a soltar la pasta, pero no recuerdo su nombre, a pesar de que era un nombre sonoro. Menudo prenda debía ser el nota.

    Y te acuerdas de lo poco que le gustaban los murcianos, porque de joven había tenido un novio murciano que la dejó plantada (saldría despavorido, el muchacho). Jeje. “Murcianoooo”. Jejeje.

    Nota: El incendio de la cocina no fue en ese piso, sino en el de Triana, al año siguiente. Ya no estaba el Miguel, sino el Eusebio, que incineró a su difunto ratón en la terraza… Pero esa es otra historia.

  4. Saqman Dice:

    Jajajajjajajaja… lo de la fobia a los murcianos lo había olvidado. Es cierto, les tenía un odio atroz!!!!

  5. Sr. Peludo Dice:

    Y esos yogures Südmilch… no era de medio litro, sino de litro entero.
    Antes de los yogures y las salchichas estuvimos un mes y pico cenando siempre lo mismo: huevos fritos con chorizo y puré de patatas Maggi… ¡me da asco hasta nombrarlo!

  6. Sr. Peludo Dice:

    Poer cierto, las vecinas del tercero no eran 3, sino 4. Creo que te has olvidado de “la Fea”.
    A ver:
    - La mítica Piluca que tenía al Migue a sus pies.
    - La rubita de bote.
    - La morena que, con veinte años que tendría, tenía un novio de treinta y dos, abogado él.
    - Y la Fea.

    Puede parecer que yo sea mala persona, pero es que lo de “la Fea” se lo decíamos los tres, si no recuerdo mal.

    Yo flipé el día que la del novio “mayor” dijo que no sabía dónde estaba su pueblo. Fue así, más o menos:

    “Yo soy de Santaella, en Córdoba.”
    “Y eso, ¿por dónde cae?”
    “¿Cómo?”
    “Que si cae por el norte, por el sur, tirando para Jaen, tirando para Sevilla…”
    “Pues no sé.”
    “¿No sabes dónde está tu pueblo mirando un mapa?”
    “No.”
    “Ah, vale. ”

    Y eso que parecía la más culta de las cuatro (porque la más lista era Piluca, claro).

    Bueno, me voy.

    Salud y caña de lomo
    AP

  7. Saqman Dice:

    Esa era la que se parecía a Enya. Aunque se parecía un carajo. Y es verdad, la fea ¿qué fea? Te juro que no recuerdo en absoluto la existencia de la fea.

  8. Sr. Peludo Dice:

    Qué mamón. No te acuerdas de la Fea. No tienes corazón. Jajaja.

    En fin. Creo que tengo por ahí una cinta de VHS con las paridas que grabamos aquel año en el piso. Lo mismo aparece la Fea por ahí y al verla la recuerdas. Mítico, por otra parte, el video de la Portera del Averno, con el Migue abriendo la puerta con la sola iluminación de una vela.

    En fin, que la cinta debe estar en Cádiz, en casa de mis padres. Todo es cogerla, pillarse una tarjeta capturadora y un vídeo VHS (o la vieja video cámara, tanto monta) y pasarla a formato digital para publicar su contenido íntegro en YouTube… o no.

  9. zopa Dice:

    joder, me he visto totalmente reflejado en esta historia. Yo estuve, durante mis estudios universitarios, compartiendo piso durante 5 años. Bueno, digo piso en singular, pero en realidad fueron “pisos” ya que ningún casero, qué especie humanoide más cabronías, nos quería renovar jamás. Yo me tiré 7 años hasta acabar la carrera de Derecho (ahí es ná), para muchos tiempo perdido por no haber estudiado más, pero si hubiese estudiado más me hubiera perdido grandes historias y anécdotas inolvidables, muy parecidas a las que cuentas tú, compadre Saqman!!
    Un abrazo!!

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