Esta noche me siento en la obligación moral de narrar los terribles sucesos ocurridos en mi trabajo durante los últimos días. Hechos que atacan a mi cordura y me hacen dudar de la realidad. Si usted tiene problemas de cardiopatía o es sensible a experiencias paranormales, interrumpa inmediatamente esta lectura.
La terrorífica situación que actualmente vivo todos los días, a las diez de la mañana, es digna heredera de aquel famoso relato de Stephen King aparecido en El Umbral de la Noche. Les hablo de una máquina de café. Un aparato de apariencia inocente, que normalmente presta servicio a los operarios de la factoría, cuya única función es emitir un líquido lechoso de color marrón claro que los allí presentes consumen con alegría tempranera.
Pero esta máquina esconde un terrible secreto… está viva. Y eso no supondría un tormento en mi alma si no fuera por una circunstancia agravante… la máquina me odia.
Todas las mañanas, al llegar la hora, hago un acto de fe y encamino mis pasos hacia la máquina. El paseo es largo, unos cuatrocientos metros de tensa angustia. ¿Qué me deparará la máquina hoy?. Intento charlar con mi compañero durante el camino, como si no pasara nada. El sudor empieza a brillar en mi frente. Doblo la esquina y allí la veo. Recta, estirada, desafiante. Me espera serena porque sabe que no puedo defenderme, que me acobardo ante ella, que me acerco cual mendigo a rendirle pleitesía por un café extra azúcar.

Martes, 19 Febrero. Por tercer día consecutivo expulsa la moneda que le hecho. Las dos primeras veces ruedan por el suelo y corro, cual gallina despavorida, tras ellas.
Viernes, 22 Febrero. Aprendo la lección. Echo la moneda rápida y decididamente. La expulsa aún más rápidamente. La moneda rueda en perfecta armonía hasta colarse por la alcantarilla, mientras corro otra vez, cual gallina despavorida, tras ella.
Lunes, 25 Febrero. Nuevo intento. Haciendo equilibrio con una pierna, obstruyo la cajetilla de monedas con el otro pie para evitar que salga disparada. Echo la moneda rápida y decididamente. Se traga la moneda. No echa el café.
Jueves, 6 Marzo. Otra vez me propongo desafiar a la máquina. Me apoyo en una pierna. Obstruyo la salida con la otra. Le meto una hostia. Rasco la moneda contra el pomo. La echo rápida y decididamente. No expulsa la moneda. Se la traga. Echa el café. No echa el vaso. Vuelvo a mi sitio con los pantalones mojados.
Lunes, 24 Marzo. Ese día decido poner remedio a la situación y tratar mejor a la máquina. Cambio de pierna. Me apoyo con la otra mientras tapo la salida de monedas. Saco una moneda nueva, la rasco contra el pomo. La echo rápida y decididamente. Traga la moneda, sale un vaso. Se escucha un gorgojeo. Sale el azúcar. No sale el café. Tampoco la leche. Vuelvo a mi sitio chupando un dedo impregnado en azúcar.
Miércoles, 2 Abril. Me acerco a la máquina. Todos los operarios toman tranquilamente su café. Todo funciona bien. Respiro aliviado. Echo la moneda rápida y decididamente. Me quedo sin moneda y sin café. Entonces lo entiendo. Me odia. Me ha odiado desde el principio.
Jueves, 10 Abril. Cojo carrerilla y le suelto un patadón de cojones a la máquina de café. Suena un crack. La máquina está anclada. Me rompo el dedo meñique del pie. Echo la moneda rápida y decididamente. La máquina deposita un vaso humeante y con olor dulzón. No hay café. Es leche y azúcar. Vuelvo a mi sitio cojeando.
Viernes, 25 Abril. Me acerco a la máquina con actitud humilde. Le ruego un café, lo necesito. Echo la moneda rápida y decididamente mientras hago equilibrio sobre el pie bueno. He seguido la procedimentación para que todo funcione. La máquina realiza sus gorgojeos. Se ha apiadado de mí. Expulsa un vaso llenito de café con leche humeante. Mmmm…. lo pruebo. Está amargo. Puta máquina de los cojones. No ha echado azúcar. Realmente me odia…

Hasta aquí les puedo narrar los sucesos a los que, día a día, he de enfrentarme. No se si mañana seguiré aún vivo, así que si alguien encuentra mi manuscrito, déselo a conocer a todo aquél al que le pueda servir de algo.
Saqman sin Café.